RESOLVIENDO LA CRISIS CON MUCHA CLASE. Textos livianos de veraneo, núm. 7

Con este texto pretendo cerrar la serie textos livianos de veraneo. En los 6 números de esta serie he intentado mostrar lo que pienso acerca de un conjunto de cuestiones, unas de mayor y otras de menor actualidad. Lo he intentado hacer desterrando el lenguaje clásico marxista, porque entiendo que la lucha de clases, la explotación laboral, el racismo y la xenofobia, el origen de la ideología dominante, la crisis ecológica y la construcción de la Europa neoliberal son cuestiones tan evidentes que no hace falta leerse El Capital para comprenderlas, porque viven en nuestra misma realidad y nos golpean diariamente. Ahora mismo está lloviendo. Ciertamente no tiene mucho sentido seguir con unos textos hechos para leer en la playita (ja, ¡cuán iluso!).

Hoy, el presidente del Gobierno está dando las recetas para afrontar la crisis económica: el Estado va a subvencionar parte de la crisis a las empresas. Eso lo hace a la par que se jacta de haber eliminado el impuesto de patrimonio y de pretender reducir el impuesto de sociedades. Cabe, por tanto, preguntarse ¿de dónde proviene el dinero de las arcas estatales? Ese mismo dinero que irá destinado a subvencionar la crisis. No voy a descubrir el elixir de la eterna juventud cuando digo que al sustentarse el erario público preferentemente sobre los impuestos indirectos (ej. IVA) en detrimento de los directos (IRPF, patrimonio, etc), lo que ocurre es que cada vez más la financiación del estado recae sobre las rentas más humildes (AQUI). Tampoco me van a dar el Novel si afirmo que si el Estado ayuda a las empresas a pagar el paro de sus trabajadores, lo que ocurre es que la empresa está dejando de pagar una parte de salario al trabajador (salario diferido). Esto quiere decir que finalmente los Presupuestos Generales del Estado están siendo subvencionados fundamentalmente por los salarios nominales y que la participación en ellos de los beneficios empresariales es cada vez menor. La socialdemocracia, que inventó aquello del reparto de la riqueza dentro del capitalismo acaba de desprenderse del molesto invento. ¡Vaya! El keynesianismo acaba de protagonizar la crónica de una muerte anunciada. Que los trabajadores subvencionen al Estado y que el Estado subvencione a la clase burguesa. ¡Viva el reparto de la pobreza! ¡Abajo Robin Hood!

Los y las trabajadoras sufriremos el paro, el encarecimiento de los productos de primera necesidad, la degradación de nuestras condiciones laborales, la subida de los tipos de interés y encima tendremos que subvencionar las facturas atrasadas de nuestros jefes. ¿Quién dijo que la lucha de clases no existía? El conflicto palestino existe independientemente de que una de las partes en contienda a penas tenga tirachinas con los que defenderse, de igual manera que la lucha de clases existe indistintamente de si la gente trabajadora tan sólo posee un palillo de dientes con el que hacer frente al carro de combate de la clase capitalista. Amotinados en la Cisjordania de la burocracia sindical y en la franja de Gaza de la izquierda, la clase trabajadora parece una etnia al borde del derrumbe de su propia identidad.

Hoy, Rodríguez Zapatero ha sido el mejor baluarte de la burguesía. Todas las sospechas acerca de quién o quiénes íbamos a pagar esta crisis se han hecho realidad. El año pasado las ganancias empresariales alcanzaban cifras históricas, este año somos los más humildes quienes tenemos que echar mano de nuestras cuentas bancarias para afrontar la caída del crecimiento económico. Hay quien dice que volvemos al “capitalismo salvaje” de principios del siglo XX. En cierto modo es así.

Y mientras, los pesados, seguimos intentando fabricar una izquierda social y política que haga frente a esta ofensiva. Este texto liviano ha sido menos jocoso que de costumbre, pero entre la lluvia, la comparecencia del presidente, la inesperada muerte de Celia Hart y otros asuntos, “hoy no tengo ganas de subirme al mundo”, porque lo que me apetece es darle la vuelta de una vez por todas.

Gracias a todos aquellos y a todas aquellas que habéis seguido estos textos. No os sintáis aliviados, porque ya me inventaré algo para seguir dándoos la brasa.

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¿UNA EUROPA LORQUIANA? Textos livianos de veraneo, núm. 6

No me negaréis que los estupefacientes no han empujado la inspiración de modo tal, que han dejado tras de sí grandes plumas de oro en la literatura universal. Desde nuestros castizos místicos que vivían sin vivir en sí (¿lo cualo?) hasta el virtuoso del láudano Edgar Allan Poe, las drogas han estimulado la creatividad de grandes literatos y también letristas, ya que no debemos olvidar las geniales letras de Joaquín Sabina, quien jamás se cayó de un cocotero. Mucho se especula sobre la droga que está detrás de una de las obras de teatro menos conocidas de Federico García Lorca, que, según algunos expertos, muestra la quintaesencia del pensamiento lorquiano acerca del teatro mismo. Quizá los dos caballos blancos que aparecen en la misma sean alguna especie de pista. Esta obra es El Público y entre surrealismo y surrealismo, hay quien la clasifica como meta teatro. En palabras del Director, que es uno de los personajes, así es como parece ser que Lorca veía la interpretación escénica: “Y demostrar que si Romeo y Julieta agonizan y mueren para despertar sonriendo cuando cae el telón, mis personajes, en cambio, queman la cortina y mueren de verdad en presencia de los espectadores… ¡Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro!…

Según cuenta la leyenda negra de Hollywood, muchos actores de la gran pantalla quedaron atrapados en sus personajes. Así, hay quien recuerda haber visto a Jhonny Weissmüler golpeándose el pecho en el salón de su propia casa o saltar entre las azoteas de los edificios, creyéndose el mismísimo Rey de la Jungla. El mito no es más justo con Anthony Perkins, de quien se dice que murió creyendo ser el personaje de Psicosis. ¿Realmente despertaban sonriendo cuando caía el telón o quemaban la cortina en presencia del público? ¿Sería lícito hacernos la misma pregunta con Sarkozy? ¿Y con Zapatero?.

Todos los gobiernos de cada país miembro de la Unión Europea, y en especial el gobierno del PSOE, explotan el mito de la Europa social. En el Estado Español se alude al espíritu de la transición (nos hubiera venido bien un buen exorcismo) y a la apertura de la España franquista que supuso la entrada en la Unión Europea, para alentar la mitología del avance social europeo. Incluso hoy día quienes nos oponíamos al Tratado Constitucional Europeo teníamos que aguantar las burlas del mismísimo Forges quien nos tildaba de trogloditas en el mejor de los casos. El guión de la obra teatral era bien conocido: Europa es bienestar social y quien se opone a sus reformas desde la izquierda es un trasnochado. Veamos pues con cuánta fidelidad se ajusta el guión a la realidad.

Desde el tratado de Maastricht hasta la reforma de las 65 horas semanales hay toda una línea coherente en lo que a bienestar social se refiere… de las clases pudientes, claro. El mismo tratado de la Unión Europea (1992) es un compromiso de reducir el gasto social de cada estado miembro. Los sucesivos recortes presupuestarios y privatizaciones de los servicios públicos no son sino la consecuencia lógica del “pecado original” de esta Europa de hoy. El intento de Constitución para Europa poseía entre otras lindezas: un compromiso de aumentar los esfuerzos militares, el refuerzo de la frontera sur, la conversión de los servicios públicos supervivientes en mercancías de compra y venta al mejor postor, facilitaba los cierres patronales y las deslocalizaciones de empresas, circunscribía el derecho de huelga a las negociaciones colectivas y otorgaba la independencia absoluta al Banco Central Europeo. Amparada en algunos artículos de la difunta Constitución Europea, la Directiva Bolkenstein era, entre otras cosas, un intento de acelerar la liberalización de la sanidad y la educación públicas, amén de enrasar para toda Europa los derechos y garantías laborales, junto con las retribuciones salariales, al mínimo existente en algún país europeo. Esto es: trabajar en Reino Unido con salario y contrato rumanos. Tan sólo unos pocos votos hicieron posible el rechazo de semejante reforma. El proceso de Bolonia y la construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, junto con la recién aprobada reforma de las 65 horas semanales y el endurecimiento de las políticas de inmigración (la bautizada como Directiva de la Vergüenza) son ya ejemplos suficientes para reventar el mito de la Europa social.

No diría que la democracia no sea un fin para esta Europa nuestra, sino más bien lo que diría es que no es un problema. Cuando, en un alarde de democracia, la Europa del capital decidió someter a referéndum la Constitución Europea y fue rechazada en Francia y Holanda, los “demócratas” europeos decidieron que aquello no iba a suponer problema alguno. Y así fue como resucitaron al muerto que los ciudadanos europeos habían decidido matar, firmando más tarde el Tratado de Lisboa, que no es sino la Constitución europea con unos pocos menos de artículos y un poco menos de plebiscito. Es curioso, que mientras se firmaba el Tratado en Lisboa, pasando por alto esas cosas molestas que se llaman ciudadanos y referéndums, los medios europeos criticaban a Hugo Chávez, quien se encontraba reconociendo su derrota en el referéndum constitucional del 2 de diciembre. A nadie se le ocurrió señalar a los gobernantes europeos con el dedo acusador y con la misma lógica de lo tiranísimo y lo democratérrimo. Pero de vez en cuando a nuestros líderes se les mete una piedra en el zapatito. Esa piedra se llamaba constitución irlandesa, quien obligaba al Gobierno irlandés a hacer una consulta a sus ciudadanos acerca del Tratado. Irlanda dijo NO. Sarkozy, presidente de turno de la Unión Europea, viajaba a Irlanda a comprender las razones del NO. Se conoce que a los presidentes en Bruselas les deben pagar buenas dietas porque para comprender las razones del no, más barato le hubiera salido quedarse en Francia y escuchar. Sólo con esto, sin necesidad de mencionar que en algunos estados miembros se vuelven a ilegalizar partidos políticos, sería suficiente para acabar con el mito de la Europa como alma mater de la democracia.

Sin embargo, los gobernantes europeos salen cada a día al escenario a representarnos el sainete de la Europa social y democrática. Me vuelvo a hacer realmente la misma pregunta que antes: cuando Sarkozy le echa la bronca al gobierno irlandés por haber consultado a la población ¿se cree realmente el papel que le ha tocado en esta farsa? Es decir: ¿cree que es realmente Romeo y Julieta o se despierta a carcajadas cuando cae el telón? Porque finalmente ¡Hay que vivir Maastricht o destruir Maastricht! “No vale silbar desde las ventanas. Y si los perros gimen de modo tierno hay que levantar la cortina sin prevenciones.”

EL DÍA EN QUE LA CLOROFILA a LE DIÓ UN BALÓN DE CO2 AL MERCADO. Textos livianos de veraneo, núm. 5

Imaginémonos un licopodio del Carbonífero que se llame Pepe, por ejemplo. Este licopodio tenía porte arbóreo y vivía en los bosques tropicales de Gondwana hace unos 300 millones de años (semana arriba, semana abajo). En estos bosques también había equisetos y en general grandes árboles sin flores. La producción de biomasa, principalmente vegetal, durante ese periodo fue tal que al acumularse en zonas como los estuarios o lagos interiores, una parte de la misma jamás llegó a mineralizarse totalmente formando las actuales reservas de petróleo, carbón y gas natural. Nuestro amigo Pepe es el que hoy hace que nuestro coche ruja cual tigre o que el avión que ha de volar vuele, o que la bombilla que se ha de encender se encienda. Pepe y sus coetáneos son el mayor regalo que ha tenido el capitalismo en toda su historia.

Pero claro, las reservas de los recursos energéticos se agotan, poniendo en jaque a la actual producción y distribución capitalistas. El mundo se pone nervioso y los de Wall Street piensan en el penúltimo asalto al planeta y al salario. En ese abrazo de oso entre capital productivo y financiero, el mismo que Bernstein señalaba como progresista, está el principio y el fin del gigantismo neoliberal. Así, la sociedad en general, las sociedades anónimas quiero decir, deciden ir en busca de los suficientes enlaces energéticos como para seguir desarrollando la ecuánime economía de mercado. ¿Qué fue lo que produjo toda esa biomasa durante el Carbonífero? El sol. ¡Fantástico! Hoy día seguimos teniendo sol. ¿Dónde se almacenaba toda la energía solar? En los enlaces de carbono de las plantas. ¡Fantástico! Seguimos teniendo enlaces, carbono y plantas. ¡Construyamos nuestro propio Carbonífero en pleno Neozoico! ¡Viva la fotosíntesis! ¡Viva el biocombustible! Si antes dijimos que los pesticidas eran necesarios para erradicar el hambre en el mundo y después hicimos lo propio con los trangénicos y se lo tragaron, ahora habrá que decir que el hambre en el mundo es el precio que debemos pagar para no sobrecalentar el planeta, porque da la casualidad de que los biocombustibles emiten menor cantidad de CO2 que los combustibles fósiles.

Habrá que sustituir los cultivos destinados a producir alimentos por cultivos destinados a producir biocombustible. Sin problema. Eso lo podemos hacer en esos sitios donde la gente no se lava mucho… sí hombre, esos sitios donde la gente siempre hace dieta, donde hay leones y panteras ¿cómo se llama? Esos lugares en los que la gente debe de ser malísima porque para defendernos de ellos tenemos que poner alambradas de 5 metros y además cuando vienen no se integran. ¡Tercer Mundo! Pues ahí podemos poner los cultivos, o la versión moderna de los pozos petroleros. Hay quien dice que se morirán de hambre, pero ¿es que no lo están haciendo ya? ¿A qué esperan? Necesitamos sus minas, sus canteras, sus peces, sus recursos hídricos y ahora también necesitamos el pan de su mesa para llenar el depósito de nuestros coches, porque así contaminaremos menos. Con que menos lloriqueos y un poquito más de colaboración y solidaridad que el planeta se calienta, ¡coño!

Y así ganamos todos. Porque claro está que todo el beneficio que generará Repsol YPF con la industria del biocombustible será repartido entre todos a partes iguales cada lunes de 10 a 12 de la mañana en las plazas de los respectivos Ayuntamientos a lo ancho y largo de nuestra querida piel de toro. También habrá un aumento salarial a todos los empleados de la empresa. Con este reparto de la riqueza, ya no podremos acusar a Repsol o siquiera a la burguesía de perpetuar un modelo de desarrollo inviable, que tiene que hacer un ramake del carbonífero utilizando la genialidad de la clorofila a para perpetuarse, lo que ahondará en las diferencias norte-sur y agravará la problemática ecológica, fundamentalmente en los países periféricos. No podremos acusar a la burguesía al ser cómplices debido al desinteresado reparto de la riqueza. Ya no podremos acusar tampoco a la clase capitalista de tomar las decisiones sobre el rumbo del planeta de forma unilateral porque como sabemos todos apostamos por este modelo en referéndum. ¿Cómo? ¿Que no os enterasteis? Tampoco hubiera sido problema, ya sabéis, si el resultado no gusta, se endosa un anexo al Tratado de Lisboa y punto.

La era de Pepe ha terminado. Los miserables licopodios a medio mineralizar del Carbinífero no nos amenazarán más con su supuesta no renovabilidad. Superaremos su tiranía transformando nuestros alimentos en gasolina, para así hacer más atractivos para el mercado los cada vez más escasos víveres. ¡Abajo los trenes, la descentralización de las redes eléctricas, la energía geotérmica o solar y la no incentivación del consumismo! ¡Usted ciudadano, es el culpable de todo esto! ¡Rata miserable que a todo tiene que tildar! Si no hubiera vivido de la única manera que le hemos dejado vivir, si hubiera utilizado más la tapa de la sartén, no hubiéramos tenido que tomar tan drásticas decisiones… de desagradecidos está el mundo lleno.

SOBRE BACTERIAS Y PREJUICIOS. Textos livianos de veraneo, núm. 4

Seré honesto. Iré al grano. Sin rodeos. Sin medias tintas. Diciendo las cosas sin vaselina previa. Como a mí me gusta. Que hay quien da muchas vueltas para decir cualquier cosa. Yo prefiero ser directo. Sin repetirme. Al grano. Donde duele. Sin medias tintas… ¿y esto a qué venía? ¡Ah! Ya recuerdo. Lo que quería decir es que… ¡Los prejuicios existen! ¡Y viven entre nosotros! Pero tranquilos, que no cunda el pánico. La mayoría de nuestros prejuicios son compartidos por casi todos nuestros congéneres, por lo que no vamos a quedar en ridículo luciéndolos cual flamante Roll Royce negro metalizado. ¡Uff! ¡Qué alivio!

Los prejuicios son como algunas bacterias de nuestra flora intestinal: como no nos provocan mal alguno, es muy difícil detectarlos. Sin embargo, con la microevolución de por medio, es muy probable que si nos insertaran una o varias cepas bacterianas de las más comunes entre las floras intestinales de los hombres y mujeres que poblaban estos mismos lugares en el siglo XIV, por ejemplo, pues nos diera una diarrea del carajo. La cepa sería distinta, la dieta es distinta, lo que podría provocar alteraciones en la función digestiva y finalmente… gotelé para el amigo Roca. La bacteria que nos provoca el mal se delataría por sí misma. Pues con los prejuicios ocurre tres cuartos de lo mismo. Si un día una compañera de trabajo se convierte en defensora a ultranza del geocentrismo del universo e intenta convencernos a la par de que la Tierra es plana, uno detectaría la irracionalidad del prejuicio sin que hiciera falta un prejuciómetro de última generación. El ridículo social jugaría el mismo papel que la diarrea a la hora de detectar ya sean prejuicios o bacterias intestinales del pasado. Sin embargo, uno puede pasar desapercibido creyendo que todos los palestinos son unos terroristas o que la Europa de la Unión Europea es la Europa de los derechos sociales, sin por ello ser señalado con el dedo o ser objeto de mofa o escarnio. Finalmente, las bacterias que poseemos en nuestras floras intestinales son las mismas y, salvo contadas excepciones, no nos hacen daño alguno. Podemos sojuzgar más fácilmente los prejuicios superados del pasado que los que viven asidos a nuestras propias entrañas.

Desde el supuesto Eppur si muove de Galileo hasta las excomuniones de todos aquellos profesores que osaban enseñar evolución en los institutos (con un moderno remake en algunos estados del sur de los EE.UU.), uno podría apreciar una especie de pugna entre la razón y los prejuicios mezquinos. Si tuviéramos que ponerle fin a esa pugna histórica, la mayoría de nosotros convendríamos en concluirla hasta hace no muy poco tiempo, porque finalmente creemos que vivimos en la era de los prejuicios ciertos. Y sin embargo, cuando hacemos zoom sobre algunas partes de nuestros pensamientos o sentimientos, no encontramos sino la interiorización de una serie de apriorismos que no soportarían ni el más tibio de los exámenes.

Sobre la inferioridad de la mayoría de las razas hay toda una historia de lo que hoy podríamos llamar excentricidades. Sólo cuando se comprobó que tras las violaciones de las indias americanas, a manos de los españoles principalmente, se conseguía descendencia fértil, la ciencia de la época empezó a cuestionarse que tal vez se trataba de la misma especie animal y no de especies distintas. La historia del doctor Down es archiconocida gracias al prolijo artículo del afamado paleontólogo S.J.Gould. El doctor Down fue el que caracterizó al síndrome que lleva su propio nombre. Dicho síndrome se conoció durante mucho tiempo como mongolismo no por casualidad. Muchos científicos, y entre ellos el Dr. Down, pensaban que entre las razas humanas había toda una jerarquía, fundamentalmente en lo que a inteligencia se refería. De esta forma, lo europeos estaban en la cima de esta supuesta pirámide racial y por debajo de ellos se iban situando el resto de razas. Así, un individuo europeo trisómico para el cromosoma 21 (síndrome Down) equivalía en cuanto a inteligencia a un individuo mongol medio. Cosas de otros tiempos, sino fuera porque hasta bien entrado el siglo XX, los aborígenes australianos seguían apareciendo en las guías de fauna salvaje australiana. Estas cuestiones nos sorprenden porque no vivimos ni en el momento ni en el lugar en el que no provocaban diarrea alguna.

¿Cuáles son nuestros prejuicios actuales? ¿Son los que tienen que ver con la forma de percibir la familia? ¿Son los que tienen que ver con nuestra manera de concebir el conflicto en Palestina? ¿Son los que nos hacen “juzgar” a algunos gobiernos latinoamericanos? ¿Son los que tienen que ver con la inalienable propiedad privada? ¿La forma de entender la sexualidad? ¿La manera de concebir lo masculino y lo femenino? Y lo mejor de todo ¿En qué imprenta se acuñan todos esos prejuicios colectivos? ¿Quién es el dueño de esa imprenta? Marx decía que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante” y ¿qué son los prejuicios sino ideología inserta cual chip en nuestras cabezas? Lo que sí sabemos es que es mucho más fácil cuadrar el círculo que derribar uno sólo de estos prejuicios con mil razones o evidencias. Ciertas cepas bacterianas son tan resistentes a los antibióticos como los prejuicios colectivos lo son a la razón.

Afortunadamente, vivimos en un mundo libre y podemos tomar la elección que queramos. La ONU es la defensora de la paz, Europa la defensora de los derechos del hombre (y de alguna que otra mujer), el terrorismo la peor tragedia del planeta y Bill Gates un emprendedor ejemplar. Si no fuera porque los malditos prejuicios acechan, viviríamos en un mundo perfecto. Aunque esto también podemos ignorarlo. Habrá quien diga que hay cadenas muchos más sutiles que las de forja. ¡Que viva la flora bacteriana de nuestros intestinos y de nuestras cabezas!

¡AL SUELO, QUE VIENE UN INMIGRANTE!. Textos livianos de veraneo, núm. 3

Admitámoslo. Los inmigrantes son un problema muy serio. En 2006 había en el estado español más de 3,88 millones de extranjeros. El problema se hace tanto más serio en el momento en el que los inmigrantes al llegar aquí quieren que se les trate como a personas. Y claro, si se les tratara así y se les reconocieran los derechos que cualquier ciudadano posee ¿qué ventaja sacarían nuestros castizos patrones de la llegada masiva de inmigrantes?

Con la crisis económica es evidente que el problema que supone la presencia de inmigrantes se agrava. Por esa razón la Unión Europea ha tomado cartas en el asunto: hay que integrar a los inmigrantes … en los Centros de Internamiento para Extranjeros, claro. Estos centros poseen un régimen similar al régimen penitenciario y allí ingresan, entre otros, los inmigrantes “ilegales”. También hay que evitar que vuelvan a la Europa Fortaleza, y ello lo vamos a hacer impidiendo que un inmigrante extraditado a su país de origen pueda volver a Europa durante un periodo de 5 años. Cuando esta directiva se aprueba en los albores de una nueva crisis económica, no es necesario decir que se vincula el supuesto problema de la inmigración al problema de la crisis.

¿Cuál es el miedo que posee Europa a la inmigración? El miedo oficial es que “no habrá trabajo para todos”. Repasemos algunos acontecimientos para ver si realmente los representantes del capital europeo no nos están tomando nuevamente el pelo.

El 10 de junio de 2008 se aprobó en el Consejo la propuesta para ampliar la jornada laboral máxima de las 48 a las 60 ó 65 horas semanales. El 24 del mismo mes, el flamante ministro de trabajo e inmigración instaba a los trabajadores a agotar la vida laboral hasta los 65 años e insinuó que sería bueno prolongar la vida laboral de las personas. El 22 de noviembre del año pasado se aprobaba la legislación que incentivaba la prolongación de la vida laboral por encima de los 65 años.

Vemos pues, que esa patraña de que no hay trabajo para todos es muy relativa. Se lanzan mensajes contradictorios a cerca del mundo del trabajo. Por un lado no hay trabajo para todos, con lo que una mente prístina podría pensar que si eso es así, podríamos reducir la jornada laboral y la vida laboral a fin de repartir más ese escaso trabajo que dicen que hay. Otra mente un poco menos prístina podría abogar por no tocar ni la jornada ni la vida laboral y repartir el trabajo que haya. Lo que no parece lógico en ningún momento es mantener a la par el discurso de la escasez de trabajo, mientras se intenta ampliar tanto jornada como vida laboral. Aunque pensándolo mejor, quizá el discurso no sea tan contradictorio, porque si trabajamos 65 horas semanales hasta los 65 ó 70 años, quizá sea cierto eso de que no haya trabajo para todos.

Si uno hace un silogismo con todos estos datos, se dará cuenta de que es imposible llegar a ninguna solución. Pero claro, ni Aristóteles ni Bacon tuvieron en cuenta que la política es cuestión de clase y que en este juego, la inmigración posee un papel de chivo expiatorio al más puro estilo gebeliano. Un falso señuelo que hará que seamos los y las trabajadoras (nativas o no) quienes paguemos con nuestro esfuerzo y dinero esta nueva crisis del capital.

Voy a por analgésico, vuelvo en 5 minutos.

BECAS, CERDOS, PRÁCTICAS Y BRUJAS. Textos livianos de veraneo. Núm: 2

En 1988, el gobierno socialista de don Felipe González Márquez se propuso aprobar una reforma del estatuto de los trabajadores que abriera una vez más la jaula a la precariedad laboral tal y como la conocemos hoy. Ese mismo año, el 14 de diciembre, los sindicatos decidieron que naranjas de la China y se montó una de las mayores huelgas generales que se habían visto jamás en technicolor por estas tierras baldías. El resultado de la contienda fue de 1 a 0 para la clase trabajadora y la reforma se retiró. La juventud quedó libre momentáneamente de una nueva modalidad de contratación que la lanzaría una vez más a las garras de la precariedad laboral y salarial, el despido finalmente no se abarataría y las pensiones quedarían libres de reducción. Tras la huelga, el gobierno no sólo retiró la reforma, sino que además tuvo que aumentar el gasto público. El seguimiento alcanzó al 95% de la población activa.

Uno casi se emociona al ver las últimas imágenes de TVE, la única televisión existente en aquella época, y atender cómo a las 12 de de la madrugada del día 14 de diciembre, la señal de Torrespaña se cortaba definitivamente durante 24 horas.

En 1992 y 1994, aprovechando la coyuntura de la crisis económica, el gobierno vuelve al galope, y endosa cual enema sendas reformas laborales, consiguiendo así aprobar en dos partes la casi totalidad de la reforma rechazada en 1988. La frase de moda era: ¡Hay que apretarse el cinturón! Se reduce la prestación por desempleo, aparecen los actuales contratos temporales y parciales, se facilita el despido, se legalizan las ETTs y se amplían los contratos formativos.

A lo largo de todo este tiempo, han ido apareciendo toda una serie de contrataciones destinadas fundamentalmente a la juventud (esas imberbes –tanto ellos como ellas-, mediocres e inexpertas larvas venidas a menos) apoyadas en un argumento central: hay que quitarle el miedo al patrón en contratar a un joven. Vale, eso lo entiendo, el patrón debe de ser un tipo muy miedica, y a mí en cosas del carácter no me gusta meterme. Que el patrón tenga miedo en que yo viva dignamente lo puedo comprender (al fin y cabo los jóvenes trabajadores somos personas detestables), pero ¿quién me quita a mí el miedo a quedarme en el paro? Se conoce que esos otros miedos no los han tenido tanto en cuenta, debe de ser uno de los flecos de estas simpáticas reformas. Y para quitarle el miedo al señor que conduce el flamante descapotable le debieron quitar también una serie de derechos a mi contrato y de retribuciones a mi salario, es decir, degradar el contrato indefinido de 1980 que parece ser que era el que más asustaba a los pobres patrones.

Pero el miedo de estas pobres gentes debe ser infinito, porque no se contentaban con lo conseguido. Y como el Estado lo que persigue es la felicidad de todos y de casi todas, no podía contemplar pasivamente la angustia de estos infelices señores y prosiguió su noble labor de levantarle una leve sonrisa a los propietarios del Chalet en Puerto Banus. De esta forma, el Ministerio de Psicología abrió la caja de Pandora y los del bigote sonrieron definitivamente.

Se inventó, por tanto, una modalidad que estaba al margen de cualquier reglamentación laboral y obligación contractual: las becas. Miles de becarios y becarias, provistos de sus respectivas rodilleras, y desprovistos de sus respectivos derechos, poblaron los puestos de trabajo de los jefes miedicas. Las universidades comenzaron a perder el culo por ofrecer estudiantes-becarios a los empresarios esclavistas, para, una vez al año vanagloriarse de lo bien que funcionan las fundiciones, perdón, las fundaciones universidad-empresa. Tan sólo en la provincia de Zamora, CCOO calcula que en torno a 10.500 becarios y becarias en prácticas cubren puestos de plantilla.

Ahora sí, ya pueden respirar tranquilas estas nobles gentes de las cadenas de oro y el Chanel nº 5. Lo extraño de todo es que cuando alguien decide quitarles el ataque de miedo a estas personas honradas, a mí me empiezan a temblar las piernas … y es que se conoce que soy un ignorante en cosas de economía.

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