“REFORMA O REVOLUCIÓN” DE ROSA LUXEMBURGO. Intento de divulgación núm. 1

Esta obra de Rosa, concluida en 1899, es una de las que colocaron a su autora como referencia marxista dentro y fuera del partido socialdemócrata alemán.

Releerlo en 2008 significa repensar en la fase actual del capitalismo, en los procesos políticos latinoamericanos, en la práctica inexistencia del reformismo en la Europa actual, en la relación entre práctica y teoría revolucionarias y en otras muchas cuestiones de ayer y de hoy. Hace unos meses tuve la oportunidad de sentarme en la misma mesa con Pepe Gutiérrez en un acto sobre mayo de 1968. Recuerdo que Pepe comenzó su intervención diciendo que cuando hoy día se hace una película o se escribe un libro sobre el pasado, todo el mundo sabe que se está hablando de cuestiones presentes. Posteriormente, en el momento para el debate aseveró que “a los clásicos hay que releerlos constantemente porque la realidad va cambiando, y con ella nuestra perspectiva”. Ambas ideas se quedaron atrapadas en mi cabeza resonando como un eco interminable y revelador, como cuando necesitas que alguien te diga en una sola frase eso que realmente siempre has sabido. Hace unos días me dispuse a releer Reforma o revolución de Luxemburgo, y entonces fue cuando realmente entendí que releer a los clásicos no era un acto de dogmatismo, sino más bien una manera de entender el presente como parte de un proceso histórico, porque existen claves que en unas ocasiones estamos más predispuestos a asimilar que en otras. Hace unos años leí la obra por primera vez. Hoy parece que acabo de leer otra obra totalmente diferente. La realidad ha cambiado, yo he cambiado, las conclusiones no tienen por qué ser las mismas. Salvando el contexto, su lectura se me ha revelado con la misma actualidad que cualquier artículo de un diario matinal.

La obra se sitúa en las primeras polémicas entre dos campos de la socialdemocracia europea de principios del siglo XX: revisionismo versus marxismo. Rosa desgrana paso a paso cada uno de los postulados del revisionismo de Bernstein, quien defiende la vía del reformismo como única vía para alcanzar el socialismo, detestando para este fin cualquier estrategia revolucionaria o perspectiva de toma del poder político por parte de la clase trabajadora. Esta disyuntiva ideológica está en el origen mismo del posterior nacimiento de la III Internacional, cuando la segunda queda ya en manos de una socialdemocracia que no duda en pactar con las burguesías nacionales y entregar a la clase trabajadora como carne de cañón para los interesas de cada una de las potencias europeas en la Gran Guerra. Este revisionismo será el que posteriormente verá en el keynesianismo económico el nudo gordiano de su estrategia imposible. Es el abuelo del que hoy se ha dado en llamar social liberalismo.

Rosa acusa a Bernstein de huir del materialismo filosófico y de refugiarse en el idealismo pre marxista de los socialistas utópicos. Mientras que para los revisionistas el sistema de créditos, los medios de comunicación y las nacientes sociedades anónimas son evidencias de la adaptación del capitalismo en su camino hacia el socialismo, para Rosa no son más que medidas que responden a las necesidades contextuales del desarrollo capitalista y ve a partir de ellas el origen de un choque entre las cada vez más potentes burguesías nacionales europeas, lo cual se evidencia en el fuerte militarismo y en las políticas aduaneras de la época. El devenir de la Primera Guerra Mundial y el crack del 29 pusieron a cada cual en su sitio.

El gradualismo es otro de los talones de Aquiles del reformismo, mediante el cual se tiende a ver al Estado, no como una herramienta de control de la clase dominante (superestructura), sino como un ente neutral capaz de desarrollar a través del sindicalismo, la reforma social y la democracia las tareas que conduzcan hacia una sociedad socialista. Ante esto, Rosa argumenta que “Las relaciones de producción de la sociedad capitalista se acercan cada vez más a las relaciones de la sociedad socialista. Pero, por otra parte, sus relaciones jurídicas y políticas levantaron entre las sociedades capitalista y socialista un muro cada vez más alto. El muro no es derribado, sino más bien fortalecido por el desarrollo de las reformas sociales y el proceso democrático. Sólo el martillazo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por el proletariado, puede derribar ese muro.” He aquí, en palabras de Rosa, el corazón del conflicto entre el pensamiento reformista y el revolucionario.

Al hablar en términos de ricos y pobres, el revisionismo le amputó el carácter funcional y materialista a la noción de lucha de clases, enfrentándola como una pugna moral entre lo justo y lo injusto. Las reformas serían guiadas por la idea de justicia y armonía, no por la correlación de fuerzas entre capital y trabajo. Y así, reforma tras reforma, nos encontraríamos en algún momento en una sociedad socialista. Luxemburgo lanza por tierra este pensamiento lineal y explica cuál ha sido la funcionalidad de las reformas y de las revoluciones. Sin descartar, por supuesto, a las primeras, explica que a lo largo del proceso histórico “la revolución es un acto de creación política”, algo que cambia un marco general político por otro distinto, mientras que la reforma “no posee fuerza propia, independiente de la revolución”, sino que es “la expresión política de la vida de una sociedad que ya existe”. Por esta razón, quien apuesta únicamente por el método reformista, no apuesta por un objetivo socialista, sino por afianzar la senda del capitalismo. Hay conflictos dialécticos que se comprenden mejor con cierta retrospectiva y éste, sin duda, es uno de ellos. La posterior evolución y muerte de la socialdemocracia puede que nos revele algo en este sentido.

La lectura de este libro es, en general, apasionada. Existe en él una constante esquizofrenia entre pensamiento determinista y pensamiento dialéctico, algo que es bastante normal encontrar entre los grandes autores del marxismo, incluido el propio Marx.

Si algo nos intenta mostrar la autora del libro es que las mismas cosas, en según qué periodos pueden significar cuestiones diferentes. El socialismo utópico jugó un papel importante a la hora de parir al movimiento obrero primitivo. La democracia misma, vista hoy día como un valor ahistórico, ha sido utilizada por los distintos sistemas socio-económicos como moneda de cambio.

El reformismo de hoy se ha de comprender con otras coordenadas porque en los anales del neoliberalismo, el capital no ha dejado margen alguno a la reforma social. Si durante el siglo XX los utópicos éramos quienes pensábamos que el mundo debía cambiar de base, en el siglo XXI lo son con más motivo quienes piensan que desde los estrechos márgenes del capitalismo tardío se puede reformar al propio sistema. Quizá, tan sólo aquéllos países que posean caramelos lo suficientemente dulces como para evitar la huída de capitales, sean los únicos que hoy día puedan arrancar reformas a favor de las clases populares. Esos caramelos quizá sean los recursos energéticos, el agua y las masas boscosas. Y esos países quizá sean Venezuela, Ecuador y Bolivia. La relación que estas reformas puedan tener con un verdadero proceso revolucionario que otorgue el poder político a la clase trabajadora y desemboque definitivamente en el socialismo del siglo XXI es el debate que está sobre la mesa.

En resumen, puede que las claves para entender los procesos de hoy hayan cambiado, pero el convencimiento de que sólo un proceso revolucionario puede conducir a la Humanidad a la definitiva emancipación sigue perdurando, porque quienes ostentan el poder político ejercen conscientemente su cuota de lucha de clases desde todas las esferas, y porque finalmente desde los falsos altares de la clase trabajadora “quien renuncia a la lucha por el socialismo, renuncia también a la movilización obrera y a la democracia”. Desde esta lógica, reforma y revolución son un binomio inseparable.

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Agradezco a marxist.org su labor en la digitalización de las grandes obras de algunos autores marxistas, aunque me sigue faltando Mandel.