EN BUSCA DEL TIEMPO INCAUTADO

Las cuestiones de clase se nos colocan delante de nuestro camino. Parece como si todo lo que rodeara nuestra vida tuviera que ver con la cuna en la que hemos nacido, porque finalmente la realidad material condiciona nuestro sino y la forma en la que está estructurada la sociedad atiende a un modelo u otro de ser y sentir individual y colectivamente.

Por el mero hecho de ser clase trabajadora sufrimos el paro, la hipoteca de la vivienda, la precariedad laboral, las jornadas interminables, el moving laboral, la carestía de la vida, etc. Tan sólo una parte de la generación de la clase trabajadora que pudo subirse al tren del escuálido Estado Social, aquél que cuando estaba empezando a gestarse fue devuelto al infierno por las mismas clases sociales que habían decidido ponerlo en marcha, tan sólo una parte de la generación de nuestros padres ha conseguido una seguridad laboral y estatus social con el cual mi propia generación no puede ni alcanzar a soñar. Ese Estado Social acuñó en el imaginario de gran parte de la gente trabajadora, incluso en algunos de los que formaban parte de internacionales obreras, la sensación de que el capitalismo había logrado desarrollar los sueños y necesidades de la Humanidad, se anticipaba la estúpida sentencia del Fin de la Historia. Tras la crisis de final de los años 60 y con la inminente caída del Telón de Acero, las prioridades del capitalismo cambiaron diametralmente. La situación en la que nos encontramos hoy día es prueba de ello. Una vez más, incluso dentro de los países centrales, se hace patente que el capitalismo le declara la guerra a la Humanidad, con la salvedad de que en esta ocasión la guerra también ha sido declarada al planeta.

Marx fue el gran escritor del tiempo. Jamás el tiempo, en su variante social, fue protagonista en tantos ensayos. La ley del valor con la que se desenvuelve la economía de mercado reduce a tiempo el valor de toda mercancía. La lucha de clases puede apreciarse como una lucha por el tiempo. Las clases sociales en contienda se disputan el tiempo con el que la clase trabajadora pone en marcha el sistema de producción y circulación de mercancías. En el momento de la jornada en que un trabajador o trabajadora cubre sus necesidades básicas, comienza la lucha entre el tiempo libre de los productores y la plusvalía de los explotadores. La actual Directiva de las 65 horas indica cuál de las dos clases está arrasando en la batalla del tiempo. Marx concebía el tiempo libre como el vehículo por el cual los hombres y mujeres podrían desarrollarse plenamente. El fin del capitalismo, de la explotación y de la sociedad de clases le otorgaría a la Humanidad la llave del tiempo libre que generaría la realidad social y material capaz de llevarnos al lugar en el que poder desarrollar la felicidad plena, al desembarazarnos del trabajo embrutecedor.

La era neoliberal y la actual crisis económica ponen de nuevo de plena actualidad el discurso de la felicidad. Las filas del paro aumentan mes a mes. La realidad de los y las paradas se hace insufrible, máxime después de toda una década de desregulación del mercado de trabajo que ha reducido en términos globales las indemnizaciones por despido y la cantidad y tiempo a percibir la ayuda por desempleo. La precariedad laboral pone el puntito de incertidumbre necesario en nuestras vidas para que no podamos planificarlas ni en el corto plazo, a la par que nos obliga a mirar una y otra vez los extractos de nuestras cuentas bancarias a partir del día 20 de cada mes, en un intento desesperado de que un milagro del pan y los peces ponga un par de ceros a la derecha de las cifras de nuestros “ahorros”. La hipoteca devora nuestro salario y hace que con la subida de los tipos de interés, un posible desahucio amenace el techo bajo el cual dormimos. Las jornadas laborales de parte de la clase trabajadora hacen que ésta no pueda concebir el tiempo libre sino como descanso para al día siguiente poder volver a poner su fuerza de trabajo a disposición del propietario de la misma. El tiempo libre y las condiciones materiales para poder disfrutarlo no sólo son una necesidad humana realizable de un modelo de sociedad que está por venir, sino que son y han de significar hoy un arma más con la que golpear esta vieja cadena del capitalismo que nos tiene atrapados en una espiral de tiempo incautado por las clases dominantes.

La felicidad puede depender de muchas cosas. Es posible que haya una parte que recaiga en la esfera de la individualidad, que de hecho hace posible la sonrisa en los lugres más terribles de la “escala social”. Pero qué duda cabe de que los seres humanos requerimos de una serie de condiciones materiales para poder ser felices, que no dependen por tanto de lo individual, pero que tampoco desembocan unívocamente en la felicidad. Tener un analgésico no hace que desaparezca el dolor, pero el no tenerlo hace más difícil la posibilidad de soñar con que desaparezca. Esa es la diferencia: en este ambulatorio de la rutina la mayoría no tiene ni medio gramo de aspirina, mientras una minoría ostenta el almacén de medicamentos. Traducir esto en tiempo y dinero es fácil: mientras hay quienes poseen tiempo libre y posibilidades para disfrutarlo, otros tenemos que aguantarnos con disfrutar los márgenes de tiempo que nos deja nuestra jornada laboral y enfrentarnos a un mundo de ocio mercantilizado hasta las entrañas. Estamos seguros y seguras de que el hombre nuevo (y mujer nueva) del que hablaba el Ché Guevara no saldrá de esta sociedad más que enferma.

Requerimos ocio libre de mercado, tiempo libre para disfrutarlo, seguridad en lo material y tal vez unas relaciones humanas desprovistas de ideología dominante que las hagan merecedoras de tal nombre. El capitalismo ha puesto las bases necesarias para ello, y esto es un viejo discurso relativo al aumento constante de la productividad del trabajo y de la puesta en marcha de un sinfín de mercancías, hechos que harían posible la reducción real de la jornada de trabajo y la cobertura total de las necesidades básicas sociales e individuales. Por supuesto a este viejo discurso hay que añadirle todo lo que el capitalismo nos ha enseñado desde finales del siglo pasado: la Humanidad está inmersa en la Naturaleza, no son dos esferas distintas, no es la segunda el almacén separado de la primera. Esto requiere incorporar el concepto de metabolismo de la naturaleza del que hablaba el propio Marx al malinterpretado “comunismo de la abundancia”.

Es nuestra felicidad la que está en juego. No quiero decir que no podamos ser felices siendo clase trabajadora, pero también es cierto que “el que nace bien pagado, en procurarse lo que anhela no tiene que invertir salud”. Tal vez no sea una cuestión determinista sino probabilística. La verdad es que últimamente me veo rodeado de casos personales que hacen difícil la seguridad, la tranquilidad y la felicidad. Ésta es la realidad de la clase trabajadora hoy, sobre todo de los sectores más jóvenes. Ésta es nuestra realidad. A veces nos preguntamos por qué somos revolucionarios y revolucionarias y la respuesta última es porque finalmente “queremos ser felices”, y ésta es una tarea que recae en la esfera de la colectividad. Transformar la realidad material y que nazca de ella una nueva ideología desmercantilizada son dos de las cuestiones por la que deseamos acabar con el capitalismo, porque entendemos que quienes ponemos en marcha el planeta, podemos decidir sobre todas las parcelas de nuestras vidas. Pero este deseo es incompatible con la existencia de las clases poseedoras. Hoy son la plusvalía y la decisión sobre las tareas de acumulación lo que está en pugna. Desprendámonos de los obstáculos que nos impiden disfrutar de nuestras vidas como hombres y mujeres libres, recuperemos el poderoso discurso del tiempo libre y de las posibilidades para disfrutarlo y démosle de nuevo consistencia política. La política que queremos realizar ha de estar imbricada en lo más íntimo de nuestra cotidianidad, en el más profundo sentir de las clases populares. La política que deseamos es la que sea capaz de sembrar las futuras “alamedas por las que camine el hombre (y la mujer) libre”.

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3 comentarios

  1. Kike said,

    octubre 20, 2008 a 3:01 pm

    Javi, t vas mejorando dia a dia, me encanta el blog. Aprendo, discurro y remastico las ideas cual rumiante d pensamientos. Pero en este ultimo texto el pesimismo me invade, hasta un poco la culpa, por las condiciones laborales en las q trabajo actualmente. Pero aparte d mis tonterias, al texto concreto, comento, la felicidad, y lo he rumiado mucho, parte del trabajo, precisamente el capitalismo nos vende una falsa iconografia d personas q no hacen nada, q se dedican a amasar beneficios sin mover un dedo. Pero como bien dices, el trabajo no tiene q ser desmesurado, ni alienante, tiene q ser parte d esa felicidad q todos buscamos, tiene q ser parte d la vida, y no hacer d esta un descanso entre horas d curro. En fin, me lio, a lo q voy y discuto es a la contradiccion entre el esclavismo en el q nos vemos sometidos, y el modelo d vida q nos hacen anhelar. Que sentido tiene? Que busca el capitalismo (como monstruo impersonal, ya hablaremos d eso) con ese entre la espada y la pared? Esperando respuestas y textos mas animosos y q me lleven a mover el culo, tu lector

  2. anna said,

    octubre 20, 2008 a 4:02 pm

    Quiero sentir cada dia que mi tiempo libre es un derecho (y saludable) y no escuchar la voz me dice “te estas desviando del buen camino del trabajador onrado y umilde!”. El juego y la creatividad aumentan la capacidad de reflexion-pensamiento original.
    gracias por tus escritos

  3. rosaluxemburgo said,

    octubre 21, 2008 a 7:55 am

    Disfrutar en el trabajo está bien. Pero no es exigible. Lo que me parece interesante es señalar que mientras se dan las condiciones reales para reducir la jornada laboral y para cubrir las necesidades colectivas e individuales, lo que ocurre es justo lo contrario: se aumenta la jornada y se empeora la realidad material de la clase trabajadora. Por eso digo que hay un componente de la felicidad que está condicionado (no de forma unívoca) a la clase en la que naces y que nos da un arma más con la que intervenir en la lucha de clases, quizá bajo la consigna de “Nuestro tiempo libre vale más que sus beneficios”.
    Ole a quien disfrute en su trabajo, pero hace tiempo que llegué a la conclusión de que yo lo que quiero es un trabajo que no me moleste en exceso: que me dé tiempo libre para desarrollar otros aspectos personales, otras facetas, quizá la creatividad, quizá construir y fortalecer una organización revolucionaria, quien sabe. Pero ello está vetado para gran parte de la clase trabajara, mientras que la clase que se apodera de las plusvalía posee todo el tiempo del mundo. Además el mundo del ocio está totalmente cruzado por ideología de mercado, por lo que es incluso dificil acceder a determinados campos del ocio y de la creatividad. Por eso pienso que el discurso del tiempo libre nos proporciona un arma importante con la que golpear este sistema que nos ha declarado la guerra a los hombres y a las muejeres que nos vemos obligados a trabajar para poder vivir.

    Un besico y gracias por vuestros comentarios.


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