BECAS, CERDOS, PRÁCTICAS Y BRUJAS. Textos livianos de veraneo. Núm: 2

En 1988, el gobierno socialista de don Felipe González Márquez se propuso aprobar una reforma del estatuto de los trabajadores que abriera una vez más la jaula a la precariedad laboral tal y como la conocemos hoy. Ese mismo año, el 14 de diciembre, los sindicatos decidieron que naranjas de la China y se montó una de las mayores huelgas generales que se habían visto jamás en technicolor por estas tierras baldías. El resultado de la contienda fue de 1 a 0 para la clase trabajadora y la reforma se retiró. La juventud quedó libre momentáneamente de una nueva modalidad de contratación que la lanzaría una vez más a las garras de la precariedad laboral y salarial, el despido finalmente no se abarataría y las pensiones quedarían libres de reducción. Tras la huelga, el gobierno no sólo retiró la reforma, sino que además tuvo que aumentar el gasto público. El seguimiento alcanzó al 95% de la población activa.

Uno casi se emociona al ver las últimas imágenes de TVE, la única televisión existente en aquella época, y atender cómo a las 12 de de la madrugada del día 14 de diciembre, la señal de Torrespaña se cortaba definitivamente durante 24 horas.

En 1992 y 1994, aprovechando la coyuntura de la crisis económica, el gobierno vuelve al galope, y endosa cual enema sendas reformas laborales, consiguiendo así aprobar en dos partes la casi totalidad de la reforma rechazada en 1988. La frase de moda era: ¡Hay que apretarse el cinturón! Se reduce la prestación por desempleo, aparecen los actuales contratos temporales y parciales, se facilita el despido, se legalizan las ETTs y se amplían los contratos formativos.

A lo largo de todo este tiempo, han ido apareciendo toda una serie de contrataciones destinadas fundamentalmente a la juventud (esas imberbes –tanto ellos como ellas-, mediocres e inexpertas larvas venidas a menos) apoyadas en un argumento central: hay que quitarle el miedo al patrón en contratar a un joven. Vale, eso lo entiendo, el patrón debe de ser un tipo muy miedica, y a mí en cosas del carácter no me gusta meterme. Que el patrón tenga miedo en que yo viva dignamente lo puedo comprender (al fin y cabo los jóvenes trabajadores somos personas detestables), pero ¿quién me quita a mí el miedo a quedarme en el paro? Se conoce que esos otros miedos no los han tenido tanto en cuenta, debe de ser uno de los flecos de estas simpáticas reformas. Y para quitarle el miedo al señor que conduce el flamante descapotable le debieron quitar también una serie de derechos a mi contrato y de retribuciones a mi salario, es decir, degradar el contrato indefinido de 1980 que parece ser que era el que más asustaba a los pobres patrones.

Pero el miedo de estas pobres gentes debe ser infinito, porque no se contentaban con lo conseguido. Y como el Estado lo que persigue es la felicidad de todos y de casi todas, no podía contemplar pasivamente la angustia de estos infelices señores y prosiguió su noble labor de levantarle una leve sonrisa a los propietarios del Chalet en Puerto Banus. De esta forma, el Ministerio de Psicología abrió la caja de Pandora y los del bigote sonrieron definitivamente.

Se inventó, por tanto, una modalidad que estaba al margen de cualquier reglamentación laboral y obligación contractual: las becas. Miles de becarios y becarias, provistos de sus respectivas rodilleras, y desprovistos de sus respectivos derechos, poblaron los puestos de trabajo de los jefes miedicas. Las universidades comenzaron a perder el culo por ofrecer estudiantes-becarios a los empresarios esclavistas, para, una vez al año vanagloriarse de lo bien que funcionan las fundiciones, perdón, las fundaciones universidad-empresa. Tan sólo en la provincia de Zamora, CCOO calcula que en torno a 10.500 becarios y becarias en prácticas cubren puestos de plantilla.

Ahora sí, ya pueden respirar tranquilas estas nobles gentes de las cadenas de oro y el Chanel nº 5. Lo extraño de todo es que cuando alguien decide quitarles el ataque de miedo a estas personas honradas, a mí me empiezan a temblar las piernas … y es que se conoce que soy un ignorante en cosas de economía.

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Mayo 1968 – 2008: Continuamos el combate

El 9 de mayo de 2008, tuvo lugar en Granada el acto de Espacio Alternativo – Espacio Revolucionario Andaluz “MAYO 1968 – 2008: CONTINUAMOS EL COMBATE”. Agradezco de todo corazón al Foro por la Memoria de Granada, quienes grabaron y colgaron en su página la intervención de los ponentes:

1. Pepe Guitiérrez. Para escuchar pinchar AQUI

2. Gaël Quirante y Javier Valdés. Para escuchar pinchar AQUI

3. Intervenciones 1. Para escuchar pinchar AQUI

4. Intervenciones 2. Para escuchar pinchar AQUI

LA ETERNA PANACEA DE LA MODERACIÓN SALARIAL. Serie: Textos livianos de veraneo. Núm: 1

Por fin, algunos audaces economistas (y/o “neutrales”) descubrieron la cuadratura del círculo de la economía capitalista: en esta sociedad había antagonismo de clase y una pugna en el ámbito económico más inmediato entre el capital y el trabajo. Así, lograron dar con una receta mágica válida para cualquier momento y lugar: la moderación salarial. Esa panacea misteriosa que lograba justificarse tanto cuando llovía como cuando hacía sol. Tras duros y sesudos análisis descubrieron que el dinero que no iba a parar al salario caía en el cesto del beneficio empresarial. Bravo.

En el último periodo de crecimiento económico, Gobierno, patronal y burócratas sindicales se ponían de acuerdo para salvaguardar la verdad revelada por los economistas burgueses y/o “neutrales”. Moderación salarial era el milagro que hacía posible que la economía siguiera creciendo. No en vano, en ese periodo de crecimiento, el Estado español ha sido el único en la OCDE que ha visto disminuir sus salarios en términos reales. Pero la bondad y la magnificencia de esta receta no acaba con los momentos de bonanza, ya que ante la presente crisis económica ¿adivinan qué propuesta predican Gobierno y Banco Central? ¡Moderación salarial! ¡Eureka! ¡Siglos de economía capitalista y por fin hemos dado con el mal de todos los males! El salario. Yo, que no soy muy ducho en la materia de la economía, se me ocurre otra receta mejor con la que afrontar la crisis: ¡reducción salarial! Es que cuando me pongo, me pongo. Se me puede ocurrir incluso otra: trabajar sin cobrar o también pagar por trabajar, aunque mucho me temo que los listos que están aplicando el Plan Bolonia ya se me han adelantado, incluyendo en los créditos prácticos de los Grados -e incluso de algunos Posgrados- prácticas en empresa, o sea, y para que lo entienda mi abuela: trabajar sin cobrar, o si no tienes beca, trabajar pagando. Tanta inteligencia me desborda.

Malditos trabajadores que por su culpa (la de su salario) vamos a entrar en una crisis de la que no nos va a sacar ni la “mano invisible” más grande del mundo. Bueno, además de esas cosillas que dicen de la crisis del petróleo, la ruptura de la burbuja inmobiliaria y la especulación con los alimentos … ¿o debo decir la especulación con los recursos energéticos? Al fin y al cabo hoy día un kilo de cereal es ambivalente: bien te lo puedes comer o echárselo al coche. ¡Por fin podemos prescindir del legado del Carbonífero y producir esa misma biomasa en forma de grandes campos de cereal fotosintetizando a tutti plen! ¡Al carajo los dinosaurios y los helechos arborescentes!

Pero no nos desviemos de los principales culpables de esta crisis: los trabajadores e incluso las trabajadoras. Hay que erradicarlos para evitar una futura crisis. Aplaudo pues, los globos sonda lanzados por el Gobierno de reducir la oferta de empleo público en un 70% (¿por qué no en un 700%?), la de privatizar los aeropuertos y la de liberalizar el transporte ferroviario de mercancías. A menos empleo público, menos salarios: ¡bien! A más privatizaciones, más despidos: ¡bien! (Gas Natural despedirá a 600 personas y reubicará a unas 1400 de entre una plantilla de 3800) Todo muy bien, aunque todo esto de reducción del gasto público y de privatización de servicios públicos me suena a algo, y mucho me temo que son medidas que ya se han tomado no precisamente en momentos de crisis. De modo, que ya tenemos pues otras recetas atemporales a incluir en el manual del buen economista. Moderación salarial, reducción del gasto público y privatización de los servicios y ¡Que viva Maastrich! Ahora que por fin poseo las claves de los lumbreras de los números, me marcho a preparar las oposiciones a Ministro de Economía y Hacienda. Que ustedes disfruten de sus vacaciones, quien las tenga, malditos parásitos.

SINDICALISMO EMERGENTE: ¿TIEMBLAN LOS CIMIENTOS DE LA DESIDIA? Tareas para una izquierda revolucionaria

Mucho se habla sobre la necesaria recomposición de la izquierda en el sentido más amplio de la expresión. Pero para aquella izquierda que circunscribe esta recomposición en la lucha de clases, y que la vincula a otras recomposiciones relacionadas -recomposición de la conciencia de clase, de las luchas, de la memoria, etc-, para esa izquierda revolucionaria y anticapitalista es necesario concretar los términos de esa recomposición entre los cuales aflora la necesaria rehabilitación del sindicalismo de base y combativo.

Hablar de recomposiciones actuales es también hablar de derrotas pasadas y presentes, de ahí la necesaria tarea de recomponer. Después de varias décadas de reestructuración económica, de contrarreforma anti-obrera, de languidez progresiva del llamado “Estado social”, y del pillaje y bandidaje sobre los bolsillos de las y los trabajadores, nos hemos dado cuenta de que llegar a fin de mes es un deporte no apto para la mayoría de la población. Esta gran derrota ha venido de la mano de un liberalismo que le ha quitado la careta keynesiana al capitalismo, el cual ya se muestra como enemigo intransigente de la Humanidad. Los bajos salarios, las jornadas laborales ampliadas, la precariedad en el empleo, el paro inminente y la privatización y pauperización de unos servicios públicos cada vez menos públicos y unos derechos universales cada vez menos universales, forman la tramoya del escenario sobre el que deberá partir la enésima crisis económica que se nos carga sobre las espaldas. Los momentos de bonanza económica nos han dejado un endeudamiento familiar que se nos presenta como el ogro real de los cuentos infantiles. Un ogro dispuesto a comerse las escuálidas cifras de nuestras cuentas bancarias, que se comenzaron a llenar con nuestro trabajo precario. Cuando la mayoría de la población estamos con la sangre al cuello, llegan los señores que saben de cifras a contarnos la milonga de la crisis, aquélla que ellos no sufrirán.

Aunque en ocasiones marginales, y casi siempre fragmentadas, las luchas sociales en general y las luchas sindicales en particular se han centrado en la resistencia. El alzamiento zapatista en enero del 94 hizo rasgarse las vestiduras a los fariseos burgueses que ansiaban acabar con la historia. En el Estado español, el caso de la lucha de los hombres y mujeres de Sintel contra los despidos significó de alguna manera, aunque sea meramente simbólica, el principio del fin de la travesía de la izquierda por el desierto. Luego vino Génova, la lucha contra la LOU, contra la guerra de Iraq, contra el “decretazo” de la derecha … parecía que al menos estábamos llegando a aquél oasis, en el que la palabra recomposición no resonara en el vacío de una catedral sin feligreses. El ciclo había cambiado. Lo único que faltaba era alguna organización que pudiera catalizar de alguna manera todo ese potencial, que finalmente se diluyó con el ascenso de Zapatero a la Moncloa.

La huelga de los hombres y mujeres de SEAT en Martorell marcó otro hito en la historia del sindicalismo en el estado español: era la primera vez que las direcciones de los sindicatos mayoritarios no sólo firmaban despidos sin contrapartidas, sino que además seleccionaban nombres de personas que irían destinadas a engrosar el “ejército de reserva”, es decir, los y las despedidas. Se cruzó por primera vez una de las líneas rojas del sindicalismo. Luego fue más fácil rebasarla. La historia de Delphi en la bahía de Cádiz es otra historia de la resistencia del mundo del trabajo frente a las deslocalizaciones. Otra historia de resistencia, esta vez con final feliz, es la de los despedidos y despedidas en Mcdonald´s- Estación de Granada.

En este panorama en el que se interrelacionan: la última derrota social y económica de la clase trabajadora, la inminente crisis económica, la inexistencia de organizaciones políticas de la izquierda capaces de articular una respuesta de clase y la existencia de unas burocracias sindicales sin conexión con el mundo del trabajo; hace que, a pesar de todo, el malestar de la mayoría de la población que se va empobreciendo emerja en algunas coordenadas y se canalice en forma de batallas cualitativamente diferentes. Las huelgas del servicio de limpieza del metro de Madrid, del TMB en Barcelona, la reciente huelga de los trabajadores y trabajadoras de la Rober (empresa concesionaria del servicio de autobús urbano en Granada) y la actual huelga del Metal en la provincia de Granada, junto con varias otras huelgas, representan luchas con una proposición distinta, ya no hablamos de luchas “contra”, sino de luchas “por”. Eso quiere decir, que aunque parciales y sectoriales, expresan huelgas con carácter ofensivo, algunas de las cuales se han saldado ya con una victoria de los y las asalariadas. Alguien levanta la cabeza con la disposición de arrebatar conquistas en favor del trabajo en este océano de derrota y resistencia.

Entre todo esto, quienes dirigen las centrales sindicales mayoritarias hacen grandes esfuerzos por mermar su propia legitimidad. La reciente huelga en el sector de la educación no universitaria en Andalucía en contra del programa de calidad de la Junta, ha conseguido movilizar a un porcentaje importante del profesorado, a pesar de las direcciones de los sindicatos mayoritarios, quienes aceptando dicho plan esquivan el problema de la falta de financiación pública para la escuela primaria y secundaria y culpan al profesorado de los malos resultados de la misma. Existe descontento incluso entre las bases de esos mismos sindicatos a quienes la calidad de los servicios públicos parece importarle más que a sus propias direcciones.

La deslegitimación de las burocracias sindicales y el consecuente deterioro de la imagen de los sindicatos como herramienta para la lucha puede que despertaran la desidia no sólo entre una juventud trabajadora que sufre las consecuencias de la reestructuración del mercado laboral y de la hostilidad del resto de contrarreformas neoliberales y del modelo de desarrollo (precariedad, acceso a la vivienda, deterioro de los servicios públicos, nivel de endeudamiento, etc.), sino también entre las y los no tan jóvenes que han vivido todas y cada una de las degeneraciones del burocratismo sindical. Pero los últimos acontecimientos, aunque aislados, parecen perfilar la respuesta de la dignidad de quienes cada vez más tiene menos que perder. Son luchas que reafirman un camino interesante por el que discurrir en la construcción de un nuevo sindicalismo de clase, de base y combativo. Asaltar por la izquierda a las burocracias sindicales en el ámbito de la movilización; esa es una tarea central para la izquierda revolucionaria en el escenario político actual. Se hace pues urgente levantar un debate, no sólo dentro del Espacio Alternativo, sino en el ámbito de la izquierda consecuente con el fin de dibujar un proyecto estratégico a nivel sindical. Vemos que hoy puede ser el momento. Hay un despertar de la combatividad, un leve viraje de la resistencia a la ofensiva, y no podemos permitirnos que de nuevo la historia nos vuelva a morder la nuca.

Justo aquí y ahora se ve el relámpago que anticipa al trueno que está por venir: el nuevo pacto social entre Gobierno, patronal y sindicatos. Un pacto que hará caer en los bolsillos y en los esfuerzos de la gente trabajadora las consecuencias de esta nueva crisis económica del capital. Hay que articular desde ya una respuesta de clase. Es por eso urgente recuperar y poner al día un viejo proyecto de la izquierda radical en el Estado Español, llevado a cabo principalmente por la LCR y el MC. Ese proyecto es el de la construcción de una izquierda sindical. Un proyecto que no entienda de siglas sino de realidad, de unidad y de lucha y que haga posible que los sectores más combativos y honestos en el ámbito sindical se den la mano. Es el momento de deslocalizar, sí, pero no las grandes corporaciones, sino las luchas ofensivas, de desbordarlas de los límites locales, conectarlas, unificarlas, masificarlas, darle un cuerpo más allá de las ciudades. Hoy es el momento de comenzar a hablar de estrategia sindical, hay que soplar fuerte porque las brasas rielan, y aunque sea un espejismo no podemos permitirnos el lujo de no intentarlo. Debemos preparar ese debate entre las dos generaciones que hoy forman el grueso de la izquierda revolucionaria y anticapitalista: me refiero a quienes ya vivieron esa experiencia y a quienes no escuchamos de ella más que un lejano canto que nos habla de un quehacer sindical que durante cierto tiempo intentó desterrar el sectarismo y el burocratismo de las entrañas de la clase obrera. Concretar y renovar hoy día ese proyecto es la tarea que se divisa en nuestro horizonte político inmediato.