Con este texto pretendo cerrar la serie textos livianos de veraneo. En los 6 números de esta serie he intentado mostrar lo que pienso acerca de un conjunto de cuestiones, unas de mayor y otras de menor actualidad. Lo he intentado hacer desterrando el lenguaje clásico marxista, porque entiendo que la lucha de clases, la explotación laboral, el racismo y la xenofobia, el origen de la ideología dominante, la crisis ecológica y la construcción de la Europa neoliberal son cuestiones tan evidentes que no hace falta leerse El Capital para comprenderlas, porque viven en nuestra misma realidad y nos golpean diariamente. Ahora mismo está lloviendo. Ciertamente no tiene mucho sentido seguir con unos textos hechos para leer en la playita (ja, ¡cuán iluso!).
Hoy, el presidente del Gobierno está dando las recetas para afrontar la crisis económica: el Estado va a subvencionar parte de la crisis a las empresas. Eso lo hace a la par que se jacta de haber eliminado el impuesto de patrimonio y de pretender reducir el impuesto de sociedades. Cabe, por tanto, preguntarse ¿de dónde proviene el dinero de las arcas estatales? Ese mismo dinero que irá destinado a subvencionar la crisis. No voy a descubrir el elixir de la eterna juventud cuando digo que al sustentarse el erario público preferentemente sobre los impuestos indirectos (ej. IVA) en detrimento de los directos (IRPF, patrimonio, etc), lo que ocurre es que cada vez más la financiación del estado recae sobre las rentas más humildes (AQUI). Tampoco me van a dar el Novel si afirmo que si el Estado ayuda a las empresas a pagar el paro de sus trabajadores, lo que ocurre es que la empresa está dejando de pagar una parte de salario al trabajador (salario diferido). Esto quiere decir que finalmente los Presupuestos Generales del Estado están siendo subvencionados fundamentalmente por los salarios nominales y que la participación en ellos de los beneficios empresariales es cada vez menor. La socialdemocracia, que inventó aquello del reparto de la riqueza dentro del capitalismo acaba de desprenderse del molesto invento. ¡Vaya! El keynesianismo acaba de protagonizar la crónica de una muerte anunciada. Que los trabajadores subvencionen al Estado y que el Estado subvencione a la clase burguesa. ¡Viva el reparto de la pobreza! ¡Abajo Robin Hood!
Los y las trabajadoras sufriremos el paro, el encarecimiento de los productos de primera necesidad, la degradación de nuestras condiciones laborales, la subida de los tipos de interés y encima tendremos que subvencionar las facturas atrasadas de nuestros jefes. ¿Quién dijo que la lucha de clases no existía? El conflicto palestino existe independientemente de que una de las partes en contienda a penas tenga tirachinas con los que defenderse, de igual manera que la lucha de clases existe indistintamente de si la gente trabajadora tan sólo posee un palillo de dientes con el que hacer frente al carro de combate de la clase capitalista. Amotinados en la Cisjordania de la burocracia sindical y en la franja de Gaza de la izquierda, la clase trabajadora parece una etnia al borde del derrumbe de su propia identidad.
Hoy, Rodríguez Zapatero ha sido el mejor baluarte de la burguesía. Todas las sospechas acerca de quién o quiénes íbamos a pagar esta crisis se han hecho realidad. El año pasado las ganancias empresariales alcanzaban cifras históricas, este año somos los más humildes quienes tenemos que echar mano de nuestras cuentas bancarias para afrontar la caída del crecimiento económico. Hay quien dice que volvemos al “capitalismo salvaje” de principios del siglo XX. En cierto modo es así.
Y mientras, los pesados, seguimos intentando fabricar una izquierda social y política que haga frente a esta ofensiva. Este texto liviano ha sido menos jocoso que de costumbre, pero entre la lluvia, la comparecencia del presidente, la inesperada muerte de Celia Hart y otros asuntos, “hoy no tengo ganas de subirme al mundo”, porque lo que me apetece es darle la vuelta de una vez por todas.
Gracias a todos aquellos y a todas aquellas que habéis seguido estos textos. No os sintáis aliviados, porque ya me inventaré algo para seguir dándoos la brasa.




