Seré honesto. Iré al grano. Sin rodeos. Sin medias tintas. Diciendo las cosas sin vaselina previa. Como a mí me gusta. Que hay quien da muchas vueltas para decir cualquier cosa. Yo prefiero ser directo. Sin repetirme. Al grano. Donde duele. Sin medias tintas… ¿y esto a qué venía? ¡Ah! Ya recuerdo. Lo que quería decir es que… ¡Los prejuicios existen! ¡Y viven entre nosotros! Pero tranquilos, que no cunda el pánico. La mayoría de nuestros prejuicios son compartidos por casi todos nuestros congéneres, por lo que no vamos a quedar en ridículo luciéndolos cual flamante Roll Royce negro metalizado. ¡Uff! ¡Qué alivio!
Los prejuicios son como algunas bacterias de nuestra flora intestinal: como no nos provocan mal alguno, es muy difícil detectarlos. Sin embargo, con la microevolución de por medio, es muy probable que si nos insertaran una o varias cepas bacterianas de las más comunes entre las floras intestinales de los hombres y mujeres que poblaban estos mismos lugares en el siglo XIV, por ejemplo, pues nos diera una diarrea del carajo. La cepa sería distinta, la dieta es distinta, lo que podría provocar alteraciones en la función digestiva y finalmente… gotelé para el amigo Roca. La bacteria que nos provoca el mal se delataría por sí misma. Pues con los prejuicios ocurre tres cuartos de lo mismo. Si un día una compañera de trabajo se convierte en defensora a ultranza del geocentrismo del universo e intenta convencernos a la par de que la Tierra es plana, uno detectaría la irracionalidad del prejuicio sin que hiciera falta un prejuciómetro de última generación. El ridículo social jugaría el mismo papel que la diarrea a la hora de detectar ya sean prejuicios o bacterias intestinales del pasado. Sin embargo, uno puede pasar desapercibido creyendo que todos los palestinos son unos terroristas o que la Europa de la Unión Europea es la Europa de los derechos sociales, sin por ello ser señalado con el dedo o ser objeto de mofa o escarnio. Finalmente, las bacterias que poseemos en nuestras floras intestinales son las mismas y, salvo contadas excepciones, no nos hacen daño alguno. Podemos sojuzgar más fácilmente los prejuicios superados del pasado que los que viven asidos a nuestras propias entrañas.
Desde el supuesto Eppur si muove de Galileo hasta las excomuniones de todos aquellos profesores que osaban enseñar evolución en los institutos (con un moderno remake en algunos estados del sur de los EE.UU.), uno podría apreciar una especie de pugna entre la razón y los prejuicios mezquinos. Si tuviéramos que ponerle fin a esa pugna histórica, la mayoría de nosotros convendríamos en concluirla hasta hace no muy poco tiempo, porque finalmente creemos que vivimos en la era de los prejuicios ciertos. Y sin embargo, cuando hacemos zoom sobre algunas partes de nuestros pensamientos o sentimientos, no encontramos sino la interiorización de una serie de apriorismos que no soportarían ni el más tibio de los exámenes.
Sobre la inferioridad de la mayoría de las razas hay toda una historia de lo que hoy podríamos llamar excentricidades. Sólo cuando se comprobó que tras las violaciones de las indias americanas, a manos de los españoles principalmente, se conseguía descendencia fértil, la ciencia de la época empezó a cuestionarse que tal vez se trataba de la misma especie animal y no de especies distintas. La historia del doctor Down es archiconocida gracias al prolijo artículo del afamado paleontólogo S.J.Gould. El doctor Down fue el que caracterizó al síndrome que lleva su propio nombre. Dicho síndrome se conoció durante mucho tiempo como mongolismo no por casualidad. Muchos científicos, y entre ellos el Dr. Down, pensaban que entre las razas humanas había toda una jerarquía, fundamentalmente en lo que a inteligencia se refería. De esta forma, lo europeos estaban en la cima de esta supuesta pirámide racial y por debajo de ellos se iban situando el resto de razas. Así, un individuo europeo trisómico para el cromosoma 21 (síndrome Down) equivalía en cuanto a inteligencia a un individuo mongol medio. Cosas de otros tiempos, sino fuera porque hasta bien entrado el siglo XX, los aborígenes australianos seguían apareciendo en las guías de fauna salvaje australiana. Estas cuestiones nos sorprenden porque no vivimos ni en el momento ni en el lugar en el que no provocaban diarrea alguna.
¿Cuáles son nuestros prejuicios actuales? ¿Son los que tienen que ver con la forma de percibir la familia? ¿Son los que tienen que ver con nuestra manera de concebir el conflicto en Palestina? ¿Son los que nos hacen “juzgar” a algunos gobiernos latinoamericanos? ¿Son los que tienen que ver con la inalienable propiedad privada? ¿La forma de entender la sexualidad? ¿La manera de concebir lo masculino y lo femenino? Y lo mejor de todo ¿En qué imprenta se acuñan todos esos prejuicios colectivos? ¿Quién es el dueño de esa imprenta? Marx decía que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante” y ¿qué son los prejuicios sino ideología inserta cual chip en nuestras cabezas? Lo que sí sabemos es que es mucho más fácil cuadrar el círculo que derribar uno sólo de estos prejuicios con mil razones o evidencias. Ciertas cepas bacterianas son tan resistentes a los antibióticos como los prejuicios colectivos lo son a la razón.
Afortunadamente, vivimos en un mundo libre y podemos tomar la elección que queramos. La ONU es la defensora de la paz, Europa la defensora de los derechos del hombre (y de alguna que otra mujer), el terrorismo la peor tragedia del planeta y Bill Gates un emprendedor ejemplar. Si no fuera porque los malditos prejuicios acechan, viviríamos en un mundo perfecto. Aunque esto también podemos ignorarlo. Habrá quien diga que hay cadenas muchos más sutiles que las de forja. ¡Que viva la flora bacteriana de nuestros intestinos y de nuestras cabezas!
